martes, 15 de junio de 2010

Incontinencia

Estoy cansado, está terminando el día; subo a la habitación y ahí te encuentro, tal como la última vez que salí de ella. Te miro y me propongo en el corazón ni siquiera pensar en ti, hacer como que no estás allí, aunque estés a mi lado, a centímetros, seduciéndome con tu presencia que me invita. Eres fría pero no me importa, esa característica tuya no disminuye un ápice lo difícil que se me hace ignorarte. Me acuesto y tomo un libro, suena Liszt en la radio; comienzo a leer y tú a mi lado. Leo, por supuesto, a medias: entre la Rapsodia Húngara y tú se hace imposible la concentración. Leo una línea, te miro de reojo; recuerdo lo que me he propuesto y trato de seguir leyendo. La situación se hace insostenible y mi deseo puede más. Lanzo el libro lejos, me doy vuelta hacia tu lado, te tomo entre mis brazos y te comienzo a besar con más ahínco que con el que Sancho besa su bota llena de vino. ¡Me vuelves loco! ¡Qué dulcísimos besos! Nada más me importa en ese momento.
Me separo de ti, ya ha pasado el éxtasis. Te miro con el remordimiento de Judas después de haber cambiado al Salvador por treinta míseras monedas. Me duele mi incontinencia, maldito vicio que ha llevado al infierno quizás a cuántos. Estando en estos y otros pensamientos me digo a mí mismo: ¡nunca más dejes el tarro de leche condensada abierto en el velador si no quieres pasar otra noche con acidez!